Crecí y mi papá no lo alcanzó a ver

Hoy mi papá cumpliría 63 años. Un Leo de manual: fuerte, protector, con opiniones firmes y un corazón más grande de lo que dejaba ver. Hace 12 años que no lo veo. Murió seis meses antes de que yo me independizara.

Y aunque muchas veces he contado que mi vida sola empezó a los 27, lo que nunca he dicho con tanto detalle es lo raro que ha sido vivir todo esto sin él. Porque, aunque físicamente no estaba, él estuvo presente en muchas decisiones y en cada “¿lo estaré haciendo bien?”.

Durante un tiempo, cuando yo tenía 24 o 25, estaba necia con que quería salirme de la casa. Y él, firme, me decía que no. Siempre discutíamos. Después entendí que él temía que la independencia me llevara directo a la perdición y a malas decisiones (tenía motivos para pensarlo, la verdad). Y yo, yo solo quería tener un espacio propio.

Después vino la enfermedad. Y, con ella, la pausa… El plan de mudarme dejó de importar. Dejé de insistir.

Pero la vida siguió. Renté mi primer depa. Compré mi primer coche. Usé sola por primera vez el taladro. Y cada una de esas cosas me hizo pensar en él.

Me hubiera encantado que estuviera. Que me ayudara a mover los muebles, a poner las repisas, a entenderle al boiler. Que viera lo que estaba construyendo. Que comprobara que esos miedos que tenía, al final, no se cumplieron.

No me fui a la fiesta.
No perdí el rumbo.
No me puse en riesgo.

Y sí, mi vida independiente ha sido mucho más de lo que yo misma imaginaba. Más estable, más clara, más “adulta”. A veces siento que él estaría sorprendido. Y me gusta pensar que, desde donde está, lo ve.

El duelo se vuelve raro cuando no compartes momentos que imaginabas juntos. Pero si algo me ha enseñado la vida (emocionalmente hablando) es hacer las paces con lo que no fue. Con lo que no se pudo decir. Con lo que te hubiera gustado vivir.

Hoy no quiero hablar solo de lo que me faltó, quiero agradecer lo que, incluso sin estar, me dio. Porque muchas de las decisiones que tomé sola, las tomé con la voz de mi papá en la cabeza. Y aunque hubiera sido precioso compartir mucho de esto con él, también sé que parte de esta versión de mí existe por esa ausencia.

Me dolió tanto no tenerlo, que aprendí a sentirlo diario. Encontró otras maneras de quedarse: en un sorbo de café, en las pepitorias que venden en la calle, en mis hermanos, en Girl de The Beatles, en mi personalidad, en el martillo que guardo en mis herramientas, en el mismo Tokes.

Y otras, como hoy, en un blog post que se escribió con el corazón apachurrado… pero en calma.

Feliz cumpleaños, pa.
Te pienso cada día.
Y sí, creo que estarías muy orgulloso.

Foto de Christian GAFENESCH en Unsplash

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