El arte de cumplir años… ¿y qué no te importe cuantos?
Hace poco cumplí 39 años.
Y aunque todavía me incomoda un poco hablar de mi edad —porque no he terminado de soltar esa idea de “eres muy grande para” o “eres muy joven para”—, estoy aprendiendo a sentirme cómoda con los números.
Y no cómoda como quien se conforma, sino como quien finalmente se acomoda.
Entre ese pensamiento me puse a recordar cómo he percibido cada una de mis décadas. Y me di cuenta de que cada una tiene su propio encanto.
Y entre todo ese mismo pensamiento me puse a hacer algo que me encanta: observar. Observar cómo he percibido cada década de mi vida, cómo han cambiado mis prioridades y mi forma de entender el tiempo.
En los 20, honestamente, lo que tienes es juventud. ¡Y eso es suficiente! Los 20 se viven bajo un perfil que no se razona. Es la etapa en la que te sientes invencible, incluso cuando no tienes idea de lo que estás haciendo.
En los 20 puedes trabajar todo el día, desvelarte toda la noche, llorar por amor en la mañana y reírte en la tarde. Te comes al mundo porque ni siquiera te detienes a pensar si puedes hacerlo. Te mueves por impulso, por emoción, por curiosidad. No te da miedo equivocarte, o quizá sí, pero lo haces igual.
Esa combinación de ingenuidad y valentía te salva más veces de las que te destruye.
Ahora lo veo con ternura: esa versión mía de los 20 tenía hambre de vida, aunque no supiera muy bien de qué quería alimentarse.
Los 30 llegaron como una especie de reality check. Ya no se trata solo de vivir, sino de entender cómo quieres hacerlo. De pronto te importa la estabilidad, pero sin perder la emoción. Te cuidas físicamente porque ya no se trata de estética (o quizá sí), pero también de salud. Y aprendes —a veces a la mala— que el descanso también es una forma de productividad.
En los 30 también empiezas a descubrir la diferencia entre estar sola y sentirte sola.
Empiezas a practicar el amor propio, no desde el “romanticismo”, sino desde decisiones incómodas: soltar, poner límites, decir que no. Te das cuenta de que la adultez no se trata de tener todo resuelto, sino de saber acomodar cuando algo se desordena.
Y sí, los 30 tienen algo de crisis, pero mucho de construcción. Ya no buscas comerte al mundo, porque entendiste que no todo es para ti.
Ahora prefieres construir uno a la medida.
Todavía no estoy ahí, pero tengo una teoría: los 40 son una década sexy.
Y no hablo de lo superficial. Me refiero a una energía, a una certeza, a una forma de habitar en el mundo. Por lo que he visto, en los 40 las mujeres empiezan a reconciliarse con lo que son y con lo que no. ¡Y eso lo quiero!
Sí, en los 30 te incomoda que te digan “señora”, pero seguro en los 40 ya lo abrazas. No como una etiqueta, sino como un título honorífico. Porque ser “señora” también puede significar ser dueña de tu historia.
Tengo la sensación de que los 40 serán una mezcla entre la libertad de los 20 y la conciencia de los 30. Una etapa en la que ya no buscas tanto la experiencia, sino el valor detrás de cada cosa que eliges vivir. En la que el riesgo deja de ser adrenalina y se convierte en crecimiento. En la que la seguridad ya no se mide por estabilidad, sino por autenticidad.
No sé si los 40 serán como los imagino, pero tengo una sospecha: van a ser una década luminosa.
Estos últimos años me han enseñado a dejar de querer hacerlo todo y empezar a querer hacerlo bien.
No sé si estoy lista para los 40, pero sí sé que quiero llegar con curiosidad, con humor y con ganas de seguir creciendo… en todos los sentidos. Porque si algo he entendido con los años, es que la edad no se mide, se vive.
A mis 39, ya no busco llegar a ningún lado, solo disfrutar estar aquí. Gracias por acompañarme.
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