El amor más leal: 16 años junto a mi perro

Hoy celebro que Tokes cumple 16. Y aunque durante muchos años me asustó el paso del tiempo —esa idea de que se nos acaba—, la verdad es que he aprendido a disfrutarlo en lugar de contarlo y temerle.

Tokes ha sido mi compañero en gran parte de mi vida. Ha estado conmigo en los momentos más importantes, los más difíciles y también los más felices. Con él tengo una conexión inexplicable, una de esas que no se pueden hacer entender ni con palabras, pero que se sienten en cada mirada. Lo amo con todo mi corazón, y sé que él también me ama a mí. Tenemos una relación que roza la codependencia: él me sigue a todos lados y yo me pregunto cada 5 minutos qué está haciendo.

Me encanta verlo cuando se levanta contento y me enternece muchísimo cuando en las noches le dan sus “ataques” de alegría y corre como si todavía fuera un cachorro.

También me gusta hablar sobre él. Si en una conversación sale su nombre, me fascina contar alguna anécdota: como las dos veces que se me perdió por cinco minutos y sentí que el alma se me desprendía. Tokes es muy sociable, y en ambas ocasiones lo encontré feliz, en medio de una bola de perritos a los que había ido a saludar. Definitivamente, esos minutos han sido las pesadillas más largas de mi vida. Es el consentido de la casa, mi consentido, y ni modo. No hay persona que lo conozca que se resista a quererlo. No sé de dónde viene su alma, pero es preciosa.

Si alguien pudiera escribir un libro sobre mi vida, sin duda sería él. Porque nadie me ha acompañado con tanta fidelidad como Tokes, nadie me ha observado detenidamente por tanto tiempo como él. Por eso quise que apareciera en la portada y en algunas páginas de Depa de Soltera, el libro. Cuando me mostraron el diseño original, el sillón tenía un gatito y lo primero que pensé fue: ese es el lugar de Tokes. Les pedí que lo cambiaran y mandé una foto de él para que encontraran uno que lo representara. Tenía que estar ahí, porque él ha sido parte de esta historia de independencia.

Recuerdo cuando me fui de casa de mis papás, mi mamá me decía que lo dejara, que quién lo iba a cuidar. Pero, eso no me preocupaba, yo trabajaba desde casa y; además, sabía que no había forma de separarnos. Esa alma y la mía estaban destinadas a estar juntas. Así que agarré mis dos cajas de cartón, a mi perro y empecé mi vida sola. Desde entonces ha estado conmigo en siete departamentos. Como a mí, tampoco le gustan las mudanzas, pero se adapta mucho mejor que yo. Es un perro sabio, inteligente, que aprende todo muy rápido.

Pero, espera, antes de eso, también vivió sus primeros años con mi papá. Ya saben, la típica historia de «no quiero perros en la casa». Pero Tokes, siendo tan pequeño, educado e irresistible, se ganó su corazón. Pasaron cerca de cuatro años juntos, y mi papá estaba convencido de que ese perro ya era suyo. Lo cuidaba con muchísimo cariño, me lo malcriaba también, pero desarrollaron una relación muy especial. En una de mis sesiones de comunicación animal, me enteré de algo hermoso: Tokes se refería a mi papá como su “cuate”. Nunca lo vio como figura de autoridad, sino como un amigo. Y su cuate, antes de partir de este plano, le pidió que cuidara de mí. Y vaya que se ha tomado esa tarea bastante en serio.

Hoy, no puedo más que agradecerle al universo por haberlo puesto en mi vida. Él me enseñó lo que era el amor por un animal, algo que antes no conocía. Si pudiera tener cien como él, elegiría tener doscientos.

Crecer junto a un perro como Tokes me ha mostrado que los animales de compañía no son mascotas: son familia, son como tus hijos. Sean perros, gatos, tortugas, conejos o cualquier alma que decida acompañarte, comparte tu historia.

Gracias, bebecito, por ser parte de mí, por cuidarme, por recordarme todos los días que crecer no es algo que se teme, sino algo que se celebra. Tener un animal de compañía es compartir la vida con un amor leal, puro y absoluto, de esos que no se explican, pero que lo cambian todo. Y yo daría la vida por él, porque sé que él también la daría por mí.

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