¿Y si vivieras con la libertad de la niña que fuiste?

Cuando era niña tenía una idea rarísima, pero muy real para mí: creía que todas las personas a mi alrededor —excepto mi familia y amigas— eran actores. Así, literal. Que estaban ahí para darle sentido a mi historia, como extras en una película. Y claro, yo era la protagonista.

Si estaba en la escuela, mis amigas tenían un papel en mi guion. Pero el resto, los que no tenían nada que ver conmigo, solo estaban ahí de fondo, moviendo el escenario. Y yo no lo sobrepensaba, no le buscaba razón o sentido, simplemente estaba segura de que era así. No me daba calma tampoco, ni me parecía extraño: era una realidad y punto.

Si lo pienso ahora, podría sonar como un pensamiento egocéntrico, como si creyera que todo giraba en torno a mí. Pero no lo vivía así. No era sentirme más importante que los demás, sino tener claro que lo único que importaba estaba en lo que pasaba en “mi película”.

Con los años esa idea se fue… y como pasa cuando creces, dejé de sentirme la protagonista de mi propia historia. Empecé a fijarme demasiado en quienes me rodeaban, conocidos o no. De pronto creía que todo giraba en torno a mí, pero en versión negativa: que me miraban, me juzgaban, me evaluaban. Lo que de niña era convicción, en la adultez, se transformó en inseguridad.

Hoy, siendo adulta, me pregunto que habría pasado si hubiera mantenido un poco de esa idea de la infancia; seguramente me hubiese ahorrado muchas inseguridades. Menos miedo a equivocarme, menos necesidad de complacer, más valor para hacer lo que quería sin justificarlo. Al final, gran parte de lo que cargamos de adultas son solo expectativas (muchas ajenas).

Porque, ser niña es ser sabia. Te vistes como quieres, sin pensar si combina o no, solo porque esa es tu ropa favorita. Comes lo que se te antoja y, si quieres ponerle catsup a la sopa, lo haces sin culpa ni explicación. Te importa más el disfrute que la mirada de los otros. Es más, ni siquiera piensas en la mirada de otros.

Ese pensamiento debería sobrevivir a la adultez: vivir desde lo que a ti te hace sentido. No se trata de ignorar al resto, sino de soltar esa obsesión con el juicio ajeno. Y quizá ahí está la clave: recuperar un poco de esa inocencia y libertad que tenías de niña, cuando la vida era menos sobre encajar y más sobre ser feliz.

Así que vengo a hacerte un spoiler: no eres la protagonista de la película de nadie más. Cada persona está desarrollando sus propias escenas, con sus propios diálogos y personajes. Y tú, para ellos, también eres un extra.

Vivir con esta idea no es restarle valor a la existencia de otros, sino recordar que el papel principal en tu vida es el tuyo. Que los demás entran y salen de escena, a veces como coprotagonistas y otras solo de extras. Lo que otros piensen o hagan importa menos de lo que creemos, y ahí empieza la libertad: cuando dejas de vivir pendiente de su papel, y te enfocas en elegir cómo interpretar el tuyo.

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Foto de Mary She en Unsplash

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