Expectativas inocentes vs. la realidad adulta
De niña estaba convencida de que las mamás no se morían nunca. Lo decía como si fuera una ley. Ya imaginarán mi corazón rompiéndose cuando supe que no era así. También pensaba que cuando llegaba la primavera, el mundo entero se convertía en una versión de Disney: árboles cubiertos de flores, montones de pájaros volando, mariposas de colores por doquier. Luego, llegó la esperada época del año. Me desperté temprano, abrí la ventana… y nada. El mismo cielo gris de siempre. Ni una sola flor nueva. Lo sentí como una verdadera estafa.
Y creo que ahí empezó, sin saberlo, el largo, entretenido y a veces desilusionante camino hacia la adultez.
Pero, aclaro, no porque la vida sea fea. Es más bien que la publicidad infantil era un poco engañosa, ja!
Uno pensaba que a cierta edad ya ibas a tener todo más o menos resuelto. Que ibas a vivir sola y todo iba a estar en su lugar. Que ibas a amar sin dudas, trabajar en algo que te apasiona, tener amistades tan sólidas que jamás iban a defraudar. Que la adultez era una especie de recompensa por haber pasado la infancia sin ensuciar tu playera blanca.
Spoiler: no hay tanta claridad como esperabas. A veces hay emociones que no entiendes, decisiones que no quieres tomar y domingos ‘de bajón’ sin explicación. Hay días donde todo se ve igual y también hay días que cambian todo para siempre.

También te das cuenta de que algunas ideas que tenías de niña, aunque se esfumaron, dejaron espacio para nuevas que te hacen más sentido ahora. No todo se volvió gris. Solo menos espectacular.
Por ejemplo, del amor sabíamos lo suficiente para imaginarlo fácil. Que iba a llegar en el momento correcto, que lo íbamos a reconocer, que no iba a haber dudas. Con el trabajo fue parecido. Se asumía que estudiar era la clave para tener una vida estable. Que una vez fuera de la escuela, lo siguiente era ganar bien, tener independencia, organizar tus finanzas, darte ciertos gustos… mhj!
Y así, entre expectativas que no se cumplen y decisiones que te sorprenden, vas entendiendo de qué va tu propia vida. A ratos es incómoda, a ratos inesperada. Pero la neta es que sí es muy divertida.
Si algo puedo decir desde este lado, en plena década de los 30, es que ‘jugar a ser adulto’ tiene su encanto. Y aunque a veces sigues sin entender del todo qué estás haciendo, te sorprendes al darte cuenta que eso solo lo podría haber hecho tu mamá, tu papá… alguien adulto, pues. Aja, de pronto te das cuenta de que ya el adulto responsable eres tú.
La adultez se siente como una primavera eterna que aunque por momentos es gris, muy gris, sabes que continuamente estás creciendo. Quizá no se note en tus hojas, pero sí en tus raíces.
Y bueno, amanecí inspirada. No sé si este blog post quedó como quería, jaja, pero quise soltar el pensamiento sobre el teclado.
Foto de Wesley Tingey en Unsplash
Para esos días con manos ocupadas y oídos libres: Le puse voz a lo que escribo, por si te acompaña mejor en audio 🔊
