Tu niña interior no te quiere perfecta, te quiere bien

Hay cosas que entendemos tarde. A veces muuuuy tarde. Yo, por ejemplo, crecí creyéndome que acomodar perfecto mis juguetes era una especie de talento. Me lo celebraban mucho y yo, obvio, me sentía especial. Sentía que si cada vez lo hacía mejor, el triunfo sería cada vez mayor. Peeeero, aja, hay un pero, lo que no veía en ese momento es que, varias veces, ese “tú acomodas muy bonito” venía después de pedirme que acomodar lo que le tocaba a mi hermana, no a mí. Era halago… con truco. Yo lo recibía feliz, claro, pero sin darme cuenta estaba aprendiendo algo que se me quedó pegado: hacer las cosas muy bien te evita problemas, te gana cariño, te da reconocimiento.

Y sin querer, vas creciendo convencida de que tu valor está en qué tan impecable sale todo.

Luego llega la adultez, con sus mil versiones de exigencia: la presión de ser la que resuelve, la que sí puede, la que cumple, la que siente que si baja un poco el ritmo alguien lo va a notar. O lo va a juzgar. Y ahí aparece el famoso síndrome de la impostora, entre otras cosas, que es básicamente la misma niña chiquita pensando que tiene que seguir demostrando algo para pertenecer o para que todo esté “bajo control”.

Por eso, esa sensación de “no estoy haciendo suficiente” casi nunca viene del presente, sino de lo que aprendiste hace años.

No digo que exista la fórmula para desactivarlo. Yo no la tengo. Lo que sí he notado es que hay momentos en los que, sin pensarlo tanto, empiezo a hacer cosas que contradicen esa vieja idea de perfección. Como dejar un correo sin contestar hasta mañana. O decidir que hoy no voy a ser productiva. O aceptar que un plan salió normal, no espectacular, y está bien.

Como si tu versión adulta le dijera a tu versión chiquita: “Tranquila. Ya no tenemos que operar así”.

No es un camino lineal ni tampoco algo que un día “se borra” y ya. Pero sí es un proceso que se vuelve más amable cuando te das cuenta de que tu niña no necesitaba excelencia. Buscaba calma, no cargar cosas que no eran suyas. Esperaba que alguien la viera.

Lo bueno… es que ahora esa “alguien” eres tú.

Ser adulta no significa hacerlo todo bien. A veces significa ver esas reglas y preguntarte de dónde salieron. A veces significa bajar la exigencia un nivel y “arriesgarte”. Y muchas veces significa reconocer que estás cansada, que estás intentándolo, que sigues aprendiendo sobre la marcha.

La perfección quizá fue una estrategia que funcionó, hoy es ya una estrategia vieja e inútil.
Hoy, lo que importa es estar bien.
O al menos, estar mejor que ayer.
Y eso, para mí, ya es suficiente.

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