Vivir sola o en soledad
Las dos.
Desde el momento en que decides salir de casa de tus papás, hay algo que no te dicen tan seguido: va a haber días en los que te sientas sola. Días en los que te den ganas de regresar, en los que llores sin saber muy bien por qué, o en los que te preguntes si tomaste la decisión correcta.
En mi caso fue curioso. Los primeros días fueron ligeros, hasta emocionantes. Me adapté rápido. Pero unas semanas después, empecé a extrañar mi casa con una nostalgia que no veía venir. Todo me hacía falta: mi familia, los ruidos, incluso el caos. Me sentía arrepentida. Pero con el tiempo entendí que esa melancolía no era un error, era parte del proceso. Como cuando cambias de trabajo y dejas de ver a tus amigos todos los días, o como cuando te mudas a otra ciudad y todo te parece ajeno.
Vivir sola te confronta con muchas cosas, y una de las más fuertes es la idea que tienes de la soledad. Lo primero que aprendí fue esto: la soledad no es mala. Y estar sola físicamente no significa estar sola en la vida.
Aprender a estar contigo misma es una de esas habilidades que nadie te enseña, pero que hace toda la diferencia en tu vida adulta. A veces creemos que si no hay alguien cerca, algo falta. Pero pasarla bien sin compañía no es una señal de resignación: es un signo de crecimiento.
Con el tiempo, empiezas a encontrarle gusto a hacer cosas contigo. Leer sin prisa, cocinar lo que a ti se te antoja, escribir tus ideas, ver películas sin llegar a acuerdos. Escuchar música sin audífonos, solo porque sí. Aprendes a llenar los silencios sin que pesen. A saborear tu rutina sin tener que compartirla todo el tiempo.
Y ojo: incluso si vives con una roomie, habrá momentos de silencio. A veces no coinciden. A veces cada una está en su mundo. Y está bien. La verdadera compañía no siempre se mide en el número de personas que te rodean.
Disfrutar tu espacio, tu compañía, tus tiempos, es algo que se cultiva. Se siente raro al principio. A veces incómodo. Pero luego se vuelve natural. Y cuando todo falle, siempre hay formas de conectar: una llamada con tus papás, un mensaje de voz, una visita espontánea, una mascota que te reciba con emoción o una amiga que llega con vino y ganas de platicar.
Yo odiaba comer sola. Ni hablar de llegar y pedir mesa para una. A veces prefería no comer con tal de ahorrarme “la mirada de todos”. Luego supe que a eso se le llama síndrome del reflector, y justo tengo una entrada en el blog que lo explica.
Pasaba horas buscando plan, el que fuera, con tal de no estar sola. Me daba miedo tanto silencio, me molestaba mi rutina. Pero todo eso cambió con el tiempo. Un buen día dejó de darme vergüenza. Me di cuenta de que estar sola no es castigo, es oportunidad. Y eso que empezó como una incomodidad, se convirtió en adicción. Una buena. Pero de eso… hablamos luego.
Te dejo un rato sola, qué lo disfrutes.
Para esos días con manos ocupadas y oídos libres: Le puse voz a lo que escribo en este blogcast, por si te acompaña mejor en audio 🔊 Recuerda que también puedes suscribirte.
Foto de Ant Rozetsky en Unsplash
